17.3.09

Nuestra respuesta

Nara yoshimo

Desde antes de estar embarazada de Olivia pensaba mucho en cómo comportarnos como padres a la hora de los "problemas". Cuando tienen 2 , 3 o mas años frente a los "caprichos", luego en la adolescencia con las " contestaciones".

Y sigo ahora, madre, pensando y tratando en la practica de superarme. Llego a la conclusión de que lo mas importante en estos casos es dejar el ego de lado. Nunca debemos ponernos a la altura de un niño o adolescente. Opto por el callar. El comprender... el acompañar. Y no voy a decir que es fácil. No lo es. Pero somos su ejemplo. Y que ejemplo podemos dar contestándoles como si nosotros mismos tuviéramos su edad.

Este artículo lo publica la Turca en su blog, búsqueda permanente, y pertenece al doctor Carlos Gonzalez:

"Está muy extendida la teoría de que a los niños (2 o 3 años) hay que dejarlos solos cuando tienen una rabieta. Claro, en la versión "progre" del tema se dice que al niño se le deja desahogarse, pero el resultado es el mismo (le dejas solo y llorando) que en la versión tradicional: "no es más que teatro, así que hay que quitarle el público", o en la conductista: "aislado en tiempo de exclusión hasta que aprenda a comportarse como es debido".Quizás parte del éxito de algunas de las teorías de "dejar llorar" viene de una confusión semántica: "no (dejar llorar)" frente a "(no dejar) llorar". Me explico. Cuando yo digo que no hay que dejar llorar a un niño lo que estoy diciendo es que los padres no tienen que hacer una actividad denominada "dejar llorar", actividad que consiste en pasar de un niño que llora y no hacerle caso. Yo no estoy prohibiendo nada al niño, en todo caso estoy "prohibiendo" a los padres que le "dejen llorar". En cambio algunas personas lo que dicen es algo muy distinto, que el niño no debe hacer una actividad denominada "llorar", que los padres deben impedírselo, prohibírselo, incluso castigarlo por ello. Eso, claro, me parece una barbaridad.Es una actitud mucho más extendida de lo que parece.
Miles de veces, en vez de intentar consolar de forma adecuada a un niño (cogiéndolo en brazos, o dándole teta, o preguntándole qué le pasa, o diciendo "pobrecito, qué pupa más grande" o "sana sana culito de rana" o reconociendo el problema "sí, qué rabia, tenemos que irnos del parque porque es muy tarde, menos mal que mañana podremos volver..."), se le dicen con la mejor de las intenciones cosas como "no llores, que te pones muy feo", o "qué vergüenza, un niño tan grande y llorando", o "no llores, que los niños valientes no lloran", o "no llores que pareces una nena" o "me duele la cabeza de oírte llorar", o "este señor se va a enfadar si lloras", o "cállate de una vez", o "me tienes harto con tus llantos".Todos estos son ejemplos, unos más suaves y otros más bestias, de "(no dejar) llorar". Claro, a todos se nos ha escapado alguna vez, y por una vez no tiene importancia; pero imagínense lo que es que cada vez que lloras, sea cual sea el motivo, te digan que te pones feo. ¿Qué va a sentir, cuando sea mayor, una persona educada así? ¿Qué comprensión, qué empatía, podrá sentir por el dolor ajeno, por el llanto de sus propios hijos? Le estamos diciendo que la belleza es el valor supremo, y que uno tiene incluso que reprimir sus propios sentimientos para poder ser "guapo" y por tanto aceptado socialmente.Lo mismo que, cuando dejamos solo a un niño con una rabieta, cuando deliberadamente nos vamos de la habitación, o lo enviamos sólo a una habitación, le estamos enseñando que el dolor no es socialmente aceptable, que una persona bien educada no "se deja llevar" por sus sentimientos en público.Otra cosa sería un niño mayor (o adolescente) que deliberadamente se va a llorar solo. También hay que demostrarle que tiene derecho a aislarse, si eso es lo que desea. No salgas corriendo detrás, no le digas que "es de mala educación" y que "no puede levantarse de la mesa"... pero puedes, al cabo de un tiempo prudencial, acercarte, decir algo, y seguir o retirarte según su respuesta.
Cuando mis hijos tenían rabietas, lo probaba todo. Es cierto que en algunos casos parece que no quieran ser consolados: si les hablas o les preguntas, lloran aún más fuerte o te insultan, si intentas cogerles en brazos se resisten y patalean, si les tocas te pegan. En esas circunstancias, es muy humano sentir la tentación de decir: "¿Y encima me pegas? ¡Pues me voy y te j....! ¡Yo no tengo por qué aguantar esto!" Sentimiento que muchos intentarán racionalizar (pues la capacidad del ser humano para engañarse así mismo parece ser aún mayor que su capacidad para dejarse engañar por otros) con argumentos como "es mejor que se desahogue" o "no es un castigo, es aplicar las consecuencias lógicas, debe aprender que si insulta y pega nadie querrá estar con él". Es muy humano reaccionar así, pero ¿no es un poco "infantil"? ¿No debería un adulto, que encima es padre, tener más herramientas que un niño de tres años para canalizar la ira y para mantener la compostura en situaciones difíciles?Es un poco como si hubiera un individuo de pie en una cornisa, amenazando con tirarse de un octavo piso, diciendo a los bomberos: "si se acercan, me tiro", y los bomberos dijeran, "bueno, hemos hecho lo que hemos podido; si se pone en plan imbécil no tenemos por qué aguantarle las impertinencias" y se fueran.Supongo que cada niño es distinto, y que cada familia encontrará su propia estrategia. A nosotros nos iba muy bien, en las rabietas más terribles, alejarnos un poco y ponernos a hablar del niño en voz alta: "¿Sabes, Mamá, que ayer llevé a María a ver a Abuela? - ¿Ah, sí, fuisteis a ver a Abuela? - Si, y María estuvo ayudando a Abuela a preparar un pastel - ¿María ya sabe cocinar? - Sí, lo hizo muy bien, dijo Abuela que nunca había quedado la masa tan bien revuelta, sin ningún grumo de harina..." A medida que vamos hablando, notamos como María deja de llorar para poder oír mejor. "¿Y con qué hicieron la masa del pastel? - Pues con harina, leche, huevos, levadura, y... a ver si me acuerdo, había otra cosa..." Y de pronto María interviene: "-Y limón rallado, lo rallé yo". A partir de ahí, la rabieta puede darse por concluida, siempre y cuando los padres sigan disimulando un rato y eviten la mezquina tentación de vengarse: "Ah, conque ahora hablas, creí que sólo sabías llorar", o "No me interesa lo que digas, si tú no me querías oír a mí, yo tampoco te quiero oír a ti", o "Ahora que has dejado de llorar, ¿me puedes explicar qué te pasaba?"...Es asombroso la cantidad de padres que sienten (sentimos) la ridícula necesidad de decir la última palabra, de ajustar cuentas, de dejar bien claro quién se ha portado mal y quién se ha portado bien, la necesidad no sólo de vencer, sino de humillar al vencido. Que el mentiroso confiese, que el culpable pida perdón, que el desobediente obedezca... Supongo que son frustraciones sin resolver de nuestra propia infancia, que nos creemos con derecho a exigir de nuestros hijos absoluta sumisión porque sabemos que jamás la obtendremos ni de nuestros padres, ni de nuestro cónyuge, ni de nuestros amigos, ni de nuestros jefes, ni de nuestros subordinados, ni del gobierno... "

Y al leer a Carlos Gonzalez, ( " no debería un adulto, padre, tener mas herramientas que un niño de tres años para canalizar la ira y para mantener la compostura en situaciones difíciles?" ), me viene a la memoria otra lectura que hice hace un tiempo en el blog de Mar, Tamomolt.
Todavía resuenan en mi mente estas palabras:

"Los hijos son un desafío.
Un desafío a nuestra madurez, a nuestra inteligencia, a nuestro corazón y a nuestra capacidad de aprendizaje.
Los valores de una paternidad sana y responsable son básicamente cuatro:
Sinceridad con uno mismo y los demás. Capacidad de autocuestionarse y dominar el orgullo. Flexibilidad. Capacidad de aprendizaje.
Medita un segundo sobre ti mismo y las anteriores cualidades, valórate como padre del 0 al 10 en cada una de ellas.
Valora a tus propios padres en relación a cada una de ellas.
Los hijos vienen para avanzar, para aprender de nosotros, para enfrentarse con mejores armas al mundo que les toca vivir."

Una parte de las mas importantes, en la tarea de ser padres, debería ser el trabajo personal con uno mismo. El buscarse hurgando hasta lo mas profundo hasta hallarse. Sinceramente, lo mas fluidamente que nos sea posible. Y al vernos, reconocernos en esas nuestras debilidades, incapacidades, miedos. Para poder renacer de entre las sombras.


4 comentarios:

Nauma dijo...

Gracias!
Ya sabes tengo a mi pequeña de 20 meses. Ultimamente es todo un desafìo. Y lo mas dificil es saber que ella es el reflejo de mis enseñanazas (las concientes y la no concientes)
Leer este post me puso nuevamente en camino.
Gracias!

Jime... dijo...

eso... como dice Nauma: para reorientarse y no perderse :)

Anónimo dijo...

Y sí Vil, los chicos sacan de adentro nuestro lo que nadie pudo, frustraciones, broncas mal canalizadas, etc.. O mismo lo que la sociedad no te permite sacar. Porque a veces veo que los padres responden a sus hijos de maneras que nunca responderían a un adulto, y entonces? Por qué y para qué? Podría decirse que no los respetamos...
Te mando un abrazo!
Paula

vilmati dijo...

Nauma: me alegra que lo que uno piense le venga bien a otro en determinado momento. A mi me han hecho pensar y sentir muchisimo post de otros, y me han modificado. Siempre dá alegría ;)

Paula: si eso mismo pienso a veces con el tema pareja. A veces tenemos tanta confianza que la mal utilizamos y puede llegarse a olvidar el respeto hacia esa persona o esos niños que nos acompañan constantemente.

Jime: para no perderse, para tener en cuenta, si. Por eso lo transcribí!

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