Hace un año sentí por primera vez lo que era una contracción y cómo ésta iba cambiando a medida que el trabajo de parto se desarrollaba y mi bebé buscaba su manera de nacer.
Nuestros cuerpos trabajaban juntos. Eramos uno aún. Mientras papá nos sostenía.
Una experiencia maravillosa el haberlo vivido en casa y sin invasiones. Tan privada cómo única.
Sin embargo nos faltó la intimidad rodeada de tranquilidad, que suele acompañar los partos en casa. A las horas de nacer, Siri tuvo convulsiones. Mucho susto. Mucho dolor del alma, que no encontró su lugar. Había que estar con Siro. Caminar, correr!. Hablar más de lo que cualquiera quisiera hacerlo en ese momento. Darle explicaciones a médicos insensibles. Defender nuestro derecho y nuestra ilusión. Justificarnos. No hubo tiempo de llorar. No iba a quedarme llorando mientras mi bebé estaba peleándola, lejos de mi cuerpo, de su teta, de mi pecho.
Fuímos todos tan fuertes... Mi leoncito salió adelante.Mejoró día a día. El segundo fin de semana, después de la internación, le dieron el alta.
Una vez juntos, compartimos las noches y los días muy pegaditos. Pero los primeros días, sus ojitos expresaban lejanía. Yo no sabía si esto era por las drogas anticonvulsionantes que estaba tomando, por la experiencia vivida... o por alguna problema neurológico. Deseaba sentir que nos colectábamos mientras le daba la teta, deseaba su mirada en la mía y no la encontraba. Escuchaba las voces bien intencionadas de quienes me querían diciéndome que sí me miraba. Pero no lo creía. Y por momentos me alejé de él. Ahí estaba mi chiquito necesitándome y yo sintiendo terror al ver que no me veía, negándome a entregarme por completo.
Fue decisivo el rol de Domi como sostén de nuestro vínculo en ese momento. Escuchó. Me permitió desahogar mis miedos mas profundos sin dejarse caer. Lo tuvo en sus brazos cuando yo no pude. Me abrazó. Me llenó de confianza y lo mejor de todo... con muchisima entereza, amor y humor logró que creyera en mi bebé y en mi misma.
Por eso estos días fueron muy movilizantes. Acercándose la fecha, fui metiéndome cada vez mas hacia adentro. Quería festejar el cumple. Quería...pero no pude. No de la manera convencional. Fueron días de introspección. Tristeza.
A siri le agarró anginas. Fiebre. A mi el cansancio físico que no tuve, después de parir. Una noche... llanto sanador. Y para terminar de limpiar, una alérgia de esas que te dejan moqueando y llorando "porque sí".
Todavía hoy, 20 de agosto, sigo congestionada y con dolor muscular.
Siro fue siempre un luchador, leoncito divino, que pareció adivinar nuestros miedos y trabajó
para mostrarnos que estaba bárbaro. Con una gran tonicidad muscular, levantaba su cabeza estando boca abajo. Siempre atento al exterior , miraba curioso todo lo que pasaba alrededor. Pegaba grititos. Y casi todo lo que leíamos que el promedio de los chicos hacía a una edad, él lo hacía igual o antes. A los 7 meses se paraba agarrado de las sillas, con intención de pasar hacia otra. A los 8 dio sus primeros pasitos y a los 9 caminó.
Hoy es un bebé simpatiquísimo, dulce y payasito. Tiene la energía de tres. Sigue prendido a mi teta, lo que nos permite seguir disfrutando de la lactancia y el vínculo increíble que ésta contribuye a formar, entre mamá y bebé. Y espero que se prolongue, para escucharlo hablar del tema. Me encanta cuando oigo historias de niños que dicen lo rica que es la lechita de mami, o preferir la teta a alguna comida o golosina.
Estoy infinitamente agradecida por tenerlo junto a mi. Espero con todas mi corazón, estar a su altura como madre. Sé que tenemos mucho para aprender el uno del otro. Pero mía es la responsabilidad.
Gracias Siro, hijo tan deseado por elegirme! Yo te llamé antes de concebirte, y ahí estuviste, para regalarme el momento que tanto anciaba, enseñándome a parir. En cuerpo y alma estuviste.
Te Amo.
















